Artículo de Opinión: No podemos pagar toda la deuda

Joan Martinez Alier
(ICTA-Universitat Autònoma de Barcelona)

Tanto el estado español como varias de sus regiones autónomas lanzan emisiones de deuda pública prometiendo intereses de no menos de cinco por ciento anual. Debería estar prohibido porque no hay garantía alguna que se puedan pagar esos intereses y devolver esos créditos.

Eso solo sería posible si hay bastante inflación (si el dinero vale menos) o si la economía crece. O si se aprieta más el cinturón a la gente, hasta que haya una revuelta.

En los debates sobre la crisis actual y las deudas financieras, hay tres posiciones distintas.

La primera posición es la de economistas keynesianos como Krugman y Stiglitz. Para poder pagar las enormes deudas creadas (en Estados Unidos, en Europa, en Japón), tanto públicas como privadas, hay que crecer.

La economía debe crecer, los bancos centrales deben impulsar el gasto, ha de haber crecimiento en términos nominales (es decir, un poco de inflación) y también en términos reales.

Debe crecer lo que llaman la economía productiva de fabricación de automóviles, de producción de cemento para infraestructuras, de producción de servicios de enseñanza y sanidad… Hemos de regresar al crecimiento, para así poder pagar las deudas.

La política de austeridad es suicida económica y socialmente. No les falta razón, excepto que ellos se olvidan de la economía real-real.

Más crecimiento implicará inmediatamente más demanda de petróleo y de gas, más producción de dióxido de carbono, en el caso que las economías ricas salgan de la crisis actual.

La segunda posición es la de los financieros acreedores, los bancos, los tenedores de bonos, la “Deudocracia”, quienes quieren a toda costa que se paguen todas las deudas pendientes.

El poder de la banca es grande en España y en el mundo. Del gobierno se pasa a dirigir el FMI y del FMI a la banca privada. O al revés. No hay misericordia con los desahuciados por deudas hipotecarias y no debe haberla con los estados manirrotos.

Una razón que se esgrime es que si no se pagan las deudas, la próxima vez nadie dará crédito a nadie al haber sido escarmentados los acreedores. Pero vemos en la historia que muchas empresas no pueden pagar, suspenden pagos, después vuelven a la carga. Lo mismo ha ocurrido con los estados.

El caso de Argentina en el 2000 está en el recuerdo de todos. Se endeudan, declaran moratorias o defaults parciales, la economía se recupera después (en el caso argentino, a costa de aumentar enormemente los pasivos ambientales de la minería, de la agricultura de soja y de la industria petrolera, sea dicho de paso).

La insistencia de la “Deudocracia” en que se paguen las deudas refleja los intereses del capitalismo financiero. Pero tal vez hay algo más detrás de eso.

Escuchando el intenso ruido de helicópteros de la policía en el cielo de Barcelona vigilando e intimidando a los manifestantes en los días en que el directorio del Banco Central Europeo se reunió en la ciudad, pensé en la doctrina del shock de Naomi Klein.

Ustedes han de pagar sin rechistar, les bajamos salarios, les negamos pagos a los desempleados, les obligamos a pagar medicinas, les bajamos pensiones y subimos impuestos, no solo para poder pagar deudas (que son impagables) sino para que aprendan.

No se les ocurra protestar. Den gracias por estar vivos. No reclamen derechos. La crisis de la deuda sirve para introducir miedo y rebajas sociales, para poder despedir a los trabajadores empleados con más facilidad, para culpabilizar a los ciudadanos de la crisis de un sistema. Bien decían los indignados del 15-M, “nosotros no somos anti-sistema, el sistema es anti-nosotros”.

La primera posición (de economistas keynesianos) es la de Crecer para pagar la Deuda. La segunda posición es primero Pagar la Deuda para después poder Crecer a base de endeudarse más, volver al 2007.

El triunfo de Hollande en Francia, reforzará un poco en Europa la primera posición. Pero para el Reino de España es ya demasiado tarde, la Deuda acumulada es tan grande (la privada y la pública), los intereses que hay que pagar para colocar emisiones son tan cuantiosos, que con razón las agencias de riesgo van bajando la clasificación de la deuda española, adivinando que no se podrá pagar en su integridad.

Hay una tercera posición, que apenas se oye ni se lee en los medios, una posición que el movimiento de los indignados pudiera haber expresado claramente hace ya un año.

No se puede ni se debe pagar la deuda enteramente. Hace falta una moratoria, un default parcial, una reestructuración, una condonación. Hagamos un concurso para encontrar el eufemismo más agradable.

En primer lugar, una moratoria de la deuda privada de los que están a punto de ser desahuciados. Pero mucho más allá, una moratoria o default parcial de las deudas del estado español y de las regiones autónomas en apuros, como Cataluña y algunas otras.

Contra el poder de la Deudocracia y contra las ilusiones de los keynesianos. Aunque un default español lleve a la vergüenza del recuerdo de Felipe II.

Lo que le ocurrió a Alemania tras la segunda guerra mundial, cuando el banquero Herman Abs negoció en Londres pausados pagos parciales de la deuda externa alemana (tras una enorme tragedia auto-infligida), lo que le ha ocurrido el año pasado a Grecia que tuvo que dejar de pagar (con ribetes de farsa por el origen de las deudas pero también de tragedia social por las inmisercordes exigencias sociales de la Deudocracia), debe ocurrir ya ahora en España. Mejor pronto que tarde. Mejor en junio que en julio o agosto. 

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