Artículo de Opinión: En mi infancia

Nekane

En mi infancia nada era permanente,  todo iba y volvía con el tiempo, todo, menos el cielo, que aunque cambiaba de color, a veces gris, otras blanco y otras azul, siempre estaba ahí, inmóvil, fijo, todo lo demás venía y al cabo de un tiempo se alejaba y desaparecía.

El mar, a veces inmenso, tan grande y cercano, que los peces nadaban en la campa de la casa, otras, tan lejano y pequeño (marea baja), que había que ir a pescarlos lejos, detrás de la isla, que en aquel entonces, me parecía el otro lado del universo.

Las flores de los árboles lucían un tiempo y se convertían en manzanas y también éstas desaparecían por temporadas.

Los veraneantes y sus hijos, que asomaban por el lugar a la vez que el sol y como el sol se escondían al llegar el otoño.

También sucedían milagros, cosas que pasan inesperadamente, que te sorprenden, de esas que sabes que no volverán a ocurrir: una vez, los árboles dieron chorizos y chicles, en aquel rincón del mundo, no se concebían las tiendas, todo provenía del mar, de la tierra y de los árboles, y como los chorizos eran secos y tenían una cuerda en los extremos, por fuerza debían de haber nacido y colgado de algún árbol.

Los chicles en cualquier sitio, bajo tierra como las patatas o en el manzano, en el mar no, porque no eran salados ni brillaban.  

Así que, me gustaba imaginar, que de todo ello, lo que más amaba, el mar, era permanente y se quedaba quieto, parado como el cielo todo el tiempo que yo quería, para siempre.

Entonces me tumbaba bajo un árbol, solamente los días en los que el azul del cielo era tan intenso como el del mar, y allí tumbada, me concentraba en las ramas, las miraba fijamente, tanto, que llegaba un momento en el que perdía la noción del espacio y del tiempo, no sentía mi cuerpo, sólo un pequeño vértigo…¿Estaba tumbada en la hierba o colgada del cielo? Después una sensación de libertad, alegría y paz invadían mi alma.

Para una niña de 5 años, traer el mar a voluntad y dejarlo ahí arriba quieto, era todo un logro, así que jugaba a poner el mundo patas arriba, cielo y tierra se confundían, eran la misma cosa y se volvían eternos.  Y esto que parece una tontería, me enseñó a darme cuenta de que en la vida todo es exactamente igual, todo va y viene, lo único que permanece es uno mismo y el anhelo de su alma.

No pararé hasta traer el cielo a la tierra, unir el cielo y el mar y dejarlos ahí juntos para siempre. Porque esto es más importante que los chicles y los chorizos, que además me he enterado de que son un fraude, que de milagros nada, que los venden en cualquier tienda, como casi todo, casi todo menos el mar y los peces que aún siguen VIVOS, porque en algún instante de la eternidad, soñaron con poder volar y esquivaron el anzuelo o dando un salto, escaparon de la red. 

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