Artículo de Opinión: La máquina de la desesperanza

David Graeber

Ahora estamos en un callejón sin salida. El capitalismo como lo conocemos se está abriendo por las costuras.  Pero como las instituciones financieras se tambalean y se derrumban, no hay una alternativa obvia. La resistencia organizada se encuentra dispersa y se vuelve incoherente. El movimiento de justicia global es una sombra de lo que fue. Por la sencilla razón de que es imposible mantener un crecimiento perpetuo en un planeta finito, es muy probable que en aproximadamente una generación, el capitalismo deje de existir. Enfrentados a esta perspectiva, la reacción instintiva habitual es el miedo. Nos aferramos al capitalismo porque no podemos imaginar una alternativa mejor.

¿Cómo ocurrió todo esto? ¿Es imposible para los humanos imaginar un mundo mejor?

La desesperanza no es natural. Necesita ser provocada. Para entender esta situación, hemos de darnos cuenta de que los últimos treinta años han sido testigo de la construcción de un vasto aparato burocrático que crea y mantiene la desesperanza. En la raíz de esta maquinaria está la obsesión de los líderes globales de asegurar que no exista la percepción de que los movimientos sociales están creciendo o floreciendo, de que nunca se perciba que aquellos que desafían los mecanismos existentes de poder, puedan estar ganando. Mantener esta ilusión requiere ejércitos, prisiones, policía y compañías privadas de seguridad para crear un clima predominante de miedo, patrioterismo, conformidad y desesperación. Todas estas armas, cámaras de vigilancia y motores de propaganda son extraordinariamente costosos y no producen nada- son pesos muertos económicos que están arrastrando al fracaso a todo el sistema capitalista.

Esta maquinaria generadora de desesperanza es la responsable de nuestra reciente caída financiera y de las interminables listas de burbujas económicas a punto de reventar. Esta maquinaria existe para hacer añicos y pulverizar la imaginación humana, para destruir nuestra capacidad de visualizar un futuro alternativo. Como resultado, lo único que falta imaginar es dinero, y espirales de deuda fuera de control. ¿Qué es la deuda? Es dinero imaginario cuyo valor sólo puede hacerse realidad en el futuro. El capital financiero es, por lo tanto, la compra y la venta de esos beneficios imaginarios del futuro. Una vez que uno asume que el capitalismo estará ahí para toda la eternidad, la única forma de democracia económica que se puede imaginar es una en la que todos somos igualmente libres para invertir en el mercado. La libertad se ha convertido en el derecho de participación en los beneficios procedentes de la propia esclavitud permanente.

Teniendo en cuenta que la burbuja económica se construyó en el futuro, su colapso hace que parezca que no quede nada más.

Este efecto, sin embargo es claramente temporal. Si la historia del movimiento de justicia global nos dice algo, es que en el momento en el que parece que hay una salida, la imaginación se desborda. Esto es lo que efectivamente ocurrió a finales de los noventa cuando pareció, por un momento, que podríamos estar dirigiéndonos hacia un mundo en paz. Lo mismo ha ocurrido en los últimos 50 años en Estados Unidos siempre que parece que podría estallar la paz: surge un movimiento social radical dedicado a los principios de acción directa y la democracia participativa. A finales de los 50 fue el movimiento a favor de los derechos civiles. A finales de los 70 fue el movimiento antinuclear. Más recientemente sucedió a escala planetaria y colocó al capitalismo contra las cuerdas. Pero cuando estábamos organizando las protestas en Seattle en 1999 o en las reuniones del Fondo Monetario Internacional (FMI) en DC en el año 2000, ninguno de nosotros podía soñar con que, en sólo tres o cuatro años, el proceso de la Organización Mundial del comercio (OMC) se derrumbaría, o que las ideologías de ‘libre comercio’ pudieran ser casi en su totalidad desacreditadas, y que los nuevos pactos de comercio, como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) serían derrotados. El Banco Mundial claudicaría y finalmente sería destruido el poder del FMI sobre la mayoría de la población mundial.

Pero está claro que hay otra razón que explica todos estos acontecimientos. Nada atemoriza tanto a los líderes, especialmente a los líderes americanos, como la democracia de base. Cada vez que un movimiento democrático genuino comienza a surgir, particularmente aquellos basados en principios de desobediencia civil y acción directa, la reacción es la misma: el gobierno realiza concesiones inmediatas (de acuerdo, podéis tener derecho a voto) y justo después se empieza a agudizar la tensión militar exterior. El movimiento surgido está forzado a convertirse, entonces, en un movimiento anti bélico, que suele estar bastante menos organizado democráticamente. El movimiento a favor de los derechos civiles fue respondido con la guerra de Vietnam; el movimiento antinuclear, por las guerras por poderes en El Salvador y Nicaragua; y el movimiento de justicia global por la guerra contra el terrorismo. Ahora podemos ver el porqué de la última ‘guerra’: el esfuerzo condenado de una potencia en declive, para hacer su peculiar combinación de máquinas de guerra burocrática y capitalismo financiero especulativo, en una condición global permanente.

Ahora estamos claramente al borde de un nuevo surgimiento masivo de imaginación popular, No debería ser tan difícil. La mayoría de los elementos ya están ahí. El problema consiste en que nuestras percepciones han sido retorcidas durante décadas de propaganda implacable y ya no no somos capaces de acceder a ellas. Consideremos el término ‘comunismo’. Pocas veces un término ha llegado a ser tan injuriado. La línea estándar, que aceptamos más o menos de manera irreflexiva, es que el comunismo significa el control estatal de la economía. La historia nos ha mostrado que este sueño utópico imposible simplemente “no funciona”. Entonces, el capitalismo, aunque sea desagradable, es la única opción restante.

Si dos personas están arreglando una tubería y una le dice a otra “acércame la llave inglesa” entonces el otro no le dice “¿y yo qué consigo a cambio?”.

De hecho, lo que realmente significa el comunismo es cualquier situación que funcione acorde al siguiente principio: “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”. Ésta es, de hecho, la forma en que casi todo el mundo actúa cuando se trabaja en común. Por ejemplo, si dos personas están arreglando una tubería y una le dice a otra “acércame la llave inglesa” entonces el otro no le dice “¿y yo qué consigo a cambio?”. Y esto es cierto incluso si llegas a ser empleado de Bechtel o Citigroup. Se aplican los principios del comunismo porque son los únicos que realmente funcionan. Ésta es también la razón por la que ciudades enteras o países vuelven a alguna forma de comunismo para hacer frente a desastres naturales o colapsos económicos. En estas circunstancias, los mercados y las cadenas de mando jerárquicas son lujos que no pueden permitirse. Cuanta más creatividad sea necesaria, y cuantas más personas tengan que improvisar ante una determinada tarea, más probable será que el comunismo resultante sea igualitario. Es por eso que hasta los ingenieros informáticos más conservadores que intentan desarrollar nuevas ideas de software tienden a formar pequeños grupos democráticos. Es sólo cuando el trabajo se vuelve estandarizado y aburrido (pensemos en las cadenas de producción de las fábricas) cuando se hace posible imponer el autoritarismo, incluso las formas fascistas de comunismo. Pero el hecho es que incluso las compañías privadas están internamente organizadas acorde a principios comunistas.

El comunismo ya está aquí. La cuestión es cómo democratizarlo aún más. El capitalismo, a su vez, es sólo una posible manera de gestionar el comunismo. Y cada vez resulta más claro que es bastante desastrosa. Es evidente que debemos ir pensando en una alternativa mejor, preferiblemente una que no nos obligue a estar atacándonos los unos a los otros de manera sistemática.

El capitalismo no es sólo un mal sistema para gestionar el comunismo, sino que es un sistema que periódicamente se desmorona.

Todo esto hace que sea mucho más fácil entender por qué los capitalistas están dispuestos a invertir recursos en la maquinaria de la desesperanza. El capitalismo no es sólo un mal sistema para gestionar el comunismo, sino que periódicamente se desmorona. Y cada vez que lo hace, aquellos que se benefician de este sistema nos tienen que convencer a todos los demás de que no existe otra alternativa que volver a arreglarlo todo para que vuelva a estar como antes.

Los que desean derribar el sistema han aprendido de la experiencia amarga, que no podemos depositar nuestra fe en los estados. En cambio, la pasada década ha acogido el desarrollo de miles de formas de asociaciones de ayuda mutua. Hay ejemplos que se extienden desde diminutas cooperativas hasta enormes experimentos anticapitalistas, de fábricas ocupadas en Paraguay y Argentina a plantaciones de té autoorganizadas o colectivos pesqueros en India, de institutos autónomos en Corea a comunidades insurgentes en Chiapas y Bolivia. Estas asociaciones de campesinos sin tierras, ocupantes ilegales urbanos, y alianzas vecinales, aparecen más o menos en todas aquellas partes donde el poder estatal y el capital global parece que miran temporalmente hacia otro lado. Estas personas probablemente carezcan de una unidad ideológica, muchos no son ni conscientes de la existencia de los demás, pero todos ellos están marcados por un deseo común de romper con la lógica del capital. “Los sistemas económicos de la solidaridad” existen en cada continente, en al menos 80 países diferentes. Estamos en el punto en el que podemos comenzar a concebir estas cooperativas que se tejen juntas a nivel global y crean una civilización insurgente genuina.

Estas alternativas visibles dinamitan la inevitabilidad de la solución de parchear el sistema para que recupere su forma previa al colapso- es por eso que se vuelve un imperativo, en aras de la gobernanza global, el suprimir estas alternativas o, al menos, garantizar que nadie sepa de ellas. Ser consciente de las alternativas nos permite ver todo aquello que ya veíamos con una nueva luz. Nos damos cuenta de que ya somos comunistas cuando trabajamos en proyectos comunes, ya somos anarquistas cuando queremos resolver problemas sin recurrir a abogados o policías, ya somos los revolucionarios cuando hacemos algo realmente nuevo.

Uno podría objetar: una revolución no puede limitarse a esto. Es cierto. En este sentido, los grandes debates estratégicos acaban de empezar. Veamos: durante al menos 5.000 años, antes de que capitalismo siquiera existiese, los movimientos populares han tendido a concentrarse en las luchas por la deuda. Existe un motivo para ello. La deuda es el medio más eficiente jamás creado para hacer que las relaciones fundamentalmente basadas en la violencia y la desigualdad, parezcan moralmente correctas. Cuando este truco deja de funcionar todo estalla, como ocurre ahora. La deuda se ha revelado a si misma como la mayor debilidad del sistema, el punto que lo hace caer en barrena. Pero la deuda también permite un sinfín de oportunidades para la organización. Algunos hablan de la huelga de los deudores o el cártel de los deudores.

Quizás sí, pero al menos podemos empezar con una promesa contra los desahucios. Barrio por barrio podemos comprometernos a apoyarnos mutuamente si somos expulsados de nuestras casas. Este poder no sólo reta a los regímenes de la deuda, sino que desafía el fundamento moral del capitalismo. Este poder crea un nuevo régimen. Después de todo, una deuda es sólo una promesa y el mundo está lleno de promesas rotas. Pensemos en la promesa hecha a nosotros por el Estado: si abandonamos cualquier derecho a gestionar colectivamente nuestros propios asuntos, se nos proporcionará la seguridad vital básica. Pensemos en la promesa hecha por el capitalismo: podemos vivir como reyes si estamos dispuestos a comprar mercancía en nuestra propia subordinación colectiva. Todo se ha venido derrumbando. Lo que permanece es lo que somos capaces de prometernos entre nosotros directamente, sin la mediación de las burocracias políticas y económicas.

La revolución comienza preguntándonos: ¿qué tipo de promesas nos hacemos entre nosotros los hombres y las mujeres libres y cómo, realizándolas, empezamos a cambiar el mundo?

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