Artículo de Opinión: Miedo a volar

Darren Fleet

Los argumentos de la izquierda están plagados de asteriscos, excepciones, salvedades, consideraciones, notas al pie, excusas y posturas morales etéreas codificadas en un léxico que la mayoría de la gente ni siquiera entiende.

Mientras tanto la derecha es capaz de mantenerse firme tras un optimismo simplista, rotundo y equivocado, escudándose en la gracia de Dios y en las buenas intenciones. La izquierda está paralizada mirándose el ombligo, obsesionada con la corrección filosófica de sus acciones; tartamudeando, matizando, disculpándose, contemporizando… gimoteando por el camino.  La derecha mientras tanto se guía por su instinto, reacciona sin pensar, pasa por encima de quien sea, va al grano… escoge su máxima conservadora. Las riendas del poder global están en manos de aquellos que son capaces de articular simbólicamente una gran idea, sea cual sea esa idea. El sino de la izquierda global depende de si ésta será capaz o no de abrazar de nuevo una gran idea. Zizek, Badiou, Hedges, Klein, Rancière, Bifo, todos han intuido lo que la izquierda ha perdido, pero es Jonathan Franzen quien ha logrado dar en el clavo:

“Desear sexo con su pareja era una de las cosas (vale, lo principal) a lo que ella había renunciado a cambio de todas las cosas buenas de su vida en común.  Walter buscó por todos los medios formas de sexo mejores para ella, excepto lo único que acaso habría dado resultado: dejar de preocuparse por buscar lo mejor para ella y sencillamente obligarla a doblarse sobre la mesa de la cocina una noche y darle por detrás. Pero el Walter que habría sido capaz de eso no habría sido Walter”

Te preguntarás, ¿qué tiene eso que ver con la izquierda? Al hacerlo, tú, y yo -quizás todos nosotros- ponemos de manifiesto la aflicción común que padecemos – la inquietante verdad de que el activismo se ha convertido en una máscara para la podredumbre espiritual y de carácter. Que quizás hemos levantado una fachada progresista para tapar el peor de nuestros rechazos, nuestro espíritu animal. El sexo tiene todo que ver con el actual estado de las cosas. Representa nuestro deseo humano más básico y nuestro rasgo más común de represión voluntaria. Si a puerta cerrada no somos capaces de ser libres, ¿qué posibilidad tenemos de ofrecerle algo al mundo? Esto no significa que haya que ser un personaje de S&M para ser progresista, pero ilustra que para que un mensaje sea auténtico debe provenir de una posición de emancipación personal.

La sinceridad y la liberación son adictivas. Las entidades más exitosas de cualquier sociedad lo saben y lo usan en su favor. La ciudad de Las Vegas se construyó sobre el principio de que si construyes la gente vendrá. Y lo hicieron erigiendo un oasis multimillonario en medio del desierto. Las Vegas no mienten. No hay trampa ni cartón en viajar a las desoladas llanuras de Nevada para tirar tu dinero. Obtienes lo que pagas – un casino burdel bajo el tórrido sol. La sinceridad es cuantificable. El potencial de liberación financiera, no importa cuán improbable sea, es embriagador. De la misma manera, si un movimiento tiene vigencia, sinceridad, honestidad y una insinuación de liberación real, la gente acudirá. Tahrir Square. London. Siria. Los disturbios de la Copa Stanley en Vancouver. Todos sinceros sea cual sea la causa.

El escritor y medioambientalista Clive Hamilton lleva una década argumentando que la izquierda ha estado manteniéndose a flote como un montón de cuerpos  tumbados en la playa charlatanes y quejumbrosos, gritando para salvar el mundo sin asegurarse antes de que la ola no los arrastrará a ellos también. En esencia viene a decir que la izquierda es un salvavidas muy precario. No garantiza su propia seguridad – su liberación personal – y tiende a ser ahogada por la víctima que pretende salvar – los convertidos. Esto no es, ni mucho menos, un argumento sobre la hipocresía. Es una valoración psicológica de lo que Hamilton considera ser el complejo de salvador endémico de la izquierda global. Un complejo que no tiene validez si no se corresponde con la sinceridad personal. Haz esto. Haz lo otro. No consumas aquello. Compra esto. Lucharemos contra las grandes empresas. Luchemos contra la derecha. Un mundo mejor es posible. Cacofonía de suaves máximas sostenida por cuerpos desesperados que arrojan su desazón e infelicidad en el altar del activismo – exactamente el mismo impulso que lleva a poblaciones enteras hacia el nacionalismo étnico, la conversión religiosa y otras ubicuas empresas populistas. 

Un misionero cristiano en Tailandia me dijo en una ocasión que los budistas no escuchan lo que dices, escuchan lo que haces. La gente del pueblo les observaba de cerca a él y a su familia, miraban cómo se trataban entre sí, se fijaban en las expresiones de amor, igualdad, respeto, humildad y modestia. La cualidad más importante de todas, me contó, era si tenía una revelación espiritual manifestada como un emanar de la alegría. Esto era un motivo de preocupación para sus correligionarios, quienes después de años de esfuerzos, no habían convertido a nadie. Él y sus amigos misioneros eran sombríos y melancólicos. Ofrecieron un nuevo sistema a aquellos aldeanos tailandeses, pero no una nueva forma de ser. Es ese lugar, afirma Hamilton, donde la izquierda se encuentra hoy. Un sistema sin alma. Personas incapaces de aceptar la realidad. Una obsesión en busca de una causa. Una masa de gente que mira hacia afuera cuando debería estar mirando hacia dentro.

Todos lo hemos visto. Quizás incluso nosotros mismos somos esos arquetipos. La cerrazón del tipo de-mentalidad-abierta, versado en retóricas progresistas de última generación pero al mismo tiempo intolerante, anal, pedante, arrogante, maleducado y plenamente convencido de que sabe lo que es mejor para la sociedad. O el idealista que salta de causa en causa, condenando virulentamente la creencia que poco antes abrazaba de todo corazón, intentando convertirte para que dirijas tu energía hacia el último paradigma. O los sospechosos habituales en las protestas manifestando un desafiante desorden colectivo en oposición a cualquier cosa o cualquiera que represente vagos conceptos de poder. Sus propias vidas pueden estar patas arriba, sin alivio espiritual, totalmente incapaces de definir sus acciones más allá de una frase, pero eso no le importa a sus líderes. El equivalente hoy en el activismo actual es la acción colectiva organizada, por débil que sea, independientemente de su motivación o de la fuente emocional/espiritual de la acción. La izquierda necesita tener algo más para ofrecer. Necesita la recta confianza en sí misma que posee la derecha, pero sin su orgullo y arrogancia. La convicción de los evangélicos y el compromiso de los islamistas sin las falsas ilusiones y justificaciones. Necesita emancipación. Necesita redescubrir una espiritualidad que premie la iluminación personal y el monasticismo. Necesita, en una palabra, liberación. Todas las grandes religiones hablan sobre liberar primero el propio ser y cómo puede nacer la bondad sólo de la emancipación. En su versión corrompida, estos principios se convierten en las blasfemas doctrinas evangélicas de salud-y-riqueza que arrasan en Nigeria, Corea del Sur, Holanda y los EE.UU. En su versión pura, es la llave del paraíso. En el evangelio de Juan, Cristo infunde ánimo a sus discípulos diciéndoles que sabrán quiénes son los cristianos por el amor que se profesan entre sí. Sus primeros discípulos estaban asustados y aislados, viviendo bajo el yugo de Roma.  Para convertir a la gente necesitaron mostrar a través de su alegría que su creencia merecía ser emulada. En el Islam, la Jihad, la lucha contra el deseo y el pecado dentro de uno mismo, es la primera tarea de la travesía espiritual. Observada en su sentido original, la Jihad va de la mano de la idea de que si cada cual se concentrase en ser un “buen” musulmán, entonces la ley se marchitaría y la sociedad se convertiría en la creación de la revelación de cada uno de sus habitantes. El todo-sufrimiento-proviene-del-deseo del budismo hace hincapié igualmente en perfeccionarse a sí mismo. Sin la iluminación, Buda insistía, uno está destinado a replicar los errores del pasado independientemente de la bondad de sus intenciones. La meditación moderna del Dalai Lama, la paz mundial a través de la paz interior, es la más grande afirmación política de este principio.

Se ha abierto una brecha entre política y emancipación personal. El activismo se ha vaciado de su misticismo y reducido a una estéril propaganda racional, una hoja en blanco sobre la que los manifestantes proyectan sus necesidades y deseos – demandas imposibles de satisfacer hasta para el más rico y benevolente de los estados. Y a pesar de su carácter de Sísifo, fútil e infructuoso, es ahí donde el día de hoy se encuentra la mayor parte de la izquierda en Occidente. Infinitas causas, ideales grandiosos… y vidas desdichadas. Quizás es hora de revertir el paradigma y reconsiderar lo que se perdió con la religión hace mucho tiempo – la liberación de tu espíritu animal.

Esta entrada fue publicada en Columna de Opinión y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s