Artículo de Opinión: Cuatro opciones para 2013 (y II)

Iñaki Gil San Vicente

En la primera parte de este artículo -Cuatro opciones para 2013 (I)- se exponían muy brevemente tres opciones para este año durante el cual tenderán a agudizarse todas las contradicciones del sistema, incluidas las que se ocultan en posibles maniobras distraccionistas del poder, destinadas a ganar tiempo.

Por ejemplo, aumentará el debate sobre los modelos socioeconómicos, pero casi siempre desde una perspectiva abstracta y despolitizada, por citar una sola posibilidad. Denominábamos las tres opciones anteriores como la pasota, la fascista y la reformista, definiciones muy genéricas y amplias que incluyen variantes, matices y diferencias apreciables pero secundarias en los momentos decisivos.

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Una característica oculta que las identifica es su aceptación última de la explotación, pese a las grandes distancias que las separan en determinadas cuestiones de innegable importancia: por ejemplo, la democracia burguesa, la dureza o tolerancia estatal, las libertades concretas de todo tipo, etc. La lucha por las libertades burguesas siempre ha sido una bandera revolucionaria, aunque sepamos que estas libertades no son socialistas y que, dependiendo de los errores de la izquierda, pueden fortalecer la explotación capitalista, como de hecho ocurre.

Ahora intentamos resumir lo básico de la cuarta opción, la revolucionaria. No es una tarea fácil, porque entramos en otra dimensión cualitativamente diferente a las anteriores. Ya no bastan las simples cifras, porcentajes y datos cuantitativos, sino que debemos entrar a lo cualitativo teniendo en cuenta que nos centramos en el año 2013. Ahora nuestra mente, nuestra capacidad de estudio crítico ha de cambiar de paradigma interpretativo, sobre todo debe perder el miedo a la verdad, inseparable del miedo a la libertad.

Pero ¿qué es la verdad? Es la praxis en el interior de las contradicciones. Sin duda, este paso es el más difícil, pero decisivo para avanzar en la opción revolucionaria durante 2013. Cuando hablamos de miedo no nos referimos al miedo como alarma instintiva ante el peligro, sino al miedo socialmente incrustado en la estructura psíquica de masas mediante la educación dominante.

Podemos encontrar un apoyo teórico al respecto, entre otras obras, también en la valiosa tesis de «la figura del Amo» de D. Sibony, desarrollada para comprender por qué las masas explotadas italianas caían en la indiferencia política precisamente a finales de los años 60 y comienzos de los años 70 del siglo pasado. Luego llegaría Berlusconi. El Amo, su figura, es la cadena mental que nos impide superar el miedo socialmente impuesto.

Miedo al Amo

es una de las respuestas básicas que debemos dar a la pregunta hecha por W. Reich sobre por qué no se sublevan las personas hambrientas y explotadas. Hay más respuestas, pero nos conducen al mismo fundamento teórico: el poder paralizante del fetichismo de la mercancía, tal cual lo demostró Marx. Naturalmente, no podemos explicar aquí con el rigor necesario la teoría del fetichismo, solo decir que enseña por qué reducimos a las personas al estatus de cosas, de mercancías, y por qué elevamos a estas al estatus de personas.

Recordemos que la raíz de la palabra «persona» viene del nombre en griego clásico de la careta que se ponían los actores de teatro para interpretar diversos personajes, distintos y hasta opuestos mortalmente. O sea, nos remite a la inseguridad e incertidumbre dominante en una sociedad atrozmente patriarcal, esclavista e imperialista en la que el dinero, el equivalente que lo reduce todo a la ley del mercado, dominaba ya sobre los restos en retroceso de las relaciones sociales menos desiguales basadas en la economía comunitaria, como llegó a percibir

Demócrito. En el capitalismo, «persona» y fetiche mercantil son la misma cosa, y nos remiten a la propiedad privada de las fuerzas productivas. Suena a herejía lo aquí escrito, y lo es para la cínica doble moral burguesa.

Tal vez Freud no lo supiese, o prefiriera no decirlo, pero su crucial descubrimiento de la «resistencia al análisis», innegable en todos los sentidos, surge de una de las facetas del fetichismo. Al igual que el fetichismo también actúa en el nivel más consciente mediante la «voluntad de no saber», según la feliz expresión de J. P. Garnier.

¿Por qué hablo del miedo a la verdad como la primera cosa a superar en la opción revolucionaria en este 2013? Porque es la cuestión decisiva en la política y en el poder, o sea, en la quinta esencia de la economía. Desde la mitad del siglo XIX, el marxismo insiste en el destructor papel de lo irracional, de la sumisión y de la obediencia. En 1868 Marx afirmó: «donde el obrero es burocráticamente disciplinado desde la infancia y cree en la autoridad y los organismos ubicados por encima de él, lo más importante es enseñarle a actuar con independencia», y en 1877 rechazó radicalmente toda «postración supersticiosa ante la autoridad» del partido revolucionario. Como en el pasado, en este año que entra la subjetividad organizada en fuerza consciente va a tener que enfrentarse a enormes obstáculos levantados por el poder, y el primer requisito necesario para superarlos será, otra vez, el de rechazar toda postración supersticiosa a sus sutiles o burdas maniobras, sean promesas de sustanciales reformas o mediante la represión.

Por ejemplo, suenan los cantos de sirena de los brotes verdes en economía, pero incluso aunque fuera cierto, no mejoraría en absoluto la vida de los pueblos explotados. Si la izquierda no conoce la verdad del capitalismo, embarrancará en las rocas al no haber tomado el rumbo de alta mar, proa a la tempestad. En contra del reformismo, no existen puertos en medio de la crisis, sino solo un buen rumbo. El miedo a la verdad ofusca el pensamiento y hace ver falsas soluciones donde solo hay barrancos.

Los cuatro grandes retos decisivos a los que se enfrenta la izquierda no pueden ser resueltos en este 2013, pero sí deben ser progresivamente concretados: el sujeto revolucionario, la toma del poder, la forma-movimiento y la planificación socialista, bases objetivas de nuestra república vasca. Definir el sujeto revolucionario supone definir el sujeto reaccionario, a la burguesía, porque no hay explotado sin explotador; pero saber qué es la burguesía es saber qué fuerzas utilizará para aplastarnos tarde o temprano. La burguesía vasca no es independentista, puede serlo una parte de la pequeña burguesía.

La toma del poder es una necesidad ineludible, unida a la destrucción/superación del poder estatal franco-español en Euskal Herria. Sin poder obrero y popular desapareceremos como nación, pero nunca nos van a dar gratuitamente el poder, sino que debemos tomarlo y construirlo, tarea hercúlea que produce vértigo. Sujeto revolucionario y poder vasco exigen un sistema organizativo ágil, crítico y capaz de vertebrar internamente la riqueza autoorganizativa de nuestro pueblo trabajador, y no podemos crear esta organización con mentes burocratizadas. Los tres retos se complican con la necesidad de prefigurar el socialismo, o sea, cómo ir acabando con la propiedad burguesa, núcleo de la civilización del capital. Y aquí al vértigo se le suma la ignorancia acumulada durante años.

En 2013 estas y otras tareas van a ir adquiriendo más y más importancia debido a la agudización de las contradicciones de todo tipo. No resolveremos definitivamente ninguna de ellas, pero sí debemos dar el primer paso: empezar a crear la verdad euskaldun, socialista.

No se trata tanto de lograr una hegemonía abstracta cuanto de profundizar en la praxis dentro de las contradicciones, en el interior de la opresión nacional, mostrando la verdad independentista como fuerza subjetiva materializada objetivamente en todas y cada una de las luchas de nuestro pueblo. ¿Suficiente? No si se limita a eso, pero necesario.

Artículo publicado en el periódico GARA, 21/01/13.

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