Concentración contra la cumbre del G20 y por un cambio social donde lo importante sean las personas

A nadie se le escapa que este tipo de alianzas del poder, las cuales escenifican en forma de cumbres, foros, etc.; tienen como objetivo materializar políticas antisociales y perpetuar el injusto orden mundial que la mayor parte de la población mundial padece, para beneficio de una minoría. En este contexto, los derechos humanos y sociales son meros estorbos para sus fines, por lo que las protestas, más que legítimas, son imprescindibles para visibilizar el intolerable abismo de desigualdad que se abre en la humanidad y las terribles consecuencias que se vienen generando para el planeta y para generaciones venideras.

Nuestros pasos y nuestros ojos se dirigen hacia el mundo, que hace tiempo lleva amenazando con síntomas claros de devastación; humana, ambiental, económica, política…. Vivido de cerca, el mundo global esta lleno de oscuridades, de malestar, de guerras no declaradas, de fronteras enmascaradas, de violencias privatizadas. Con las zapatistas, aprendimos a decir que queríamos crear mundos en este mundo, con las okupas aprendimos a abrir espacios de vida en nuestros pueblos y ciudades, con la antiglobalización pusimos palabras y colores a otro mundo posible, con el movimiento contra la guerra, recordamos que, como siempre, los muertos los ponemos nosotras mientras que las guerras siguen siendo suyas y con los movimientos independentistas aprendimos que la lucha por el territorio es luchar contra el capital.

El mercado global impulsado por cumbres como la del G20, nos impone una forma de pensar, vivir y estar en el mundo estéril, vacía de contenido y superflua. Ese mismo mercado impone su ideología, su épica y su relato del consumo colonizando nuestras vidas y convirtiéndonos en meros espectadores de la masacre mundial que están realizando.

Pero frente a la ideología del capital, nosotras aprendimos de las revoluciones de los años 50 y 60, de las practicas del coperativismo social, de apoyo mutuo y de autoorganización. Llego internet y tejimos redes de solidaridad, fraternidad, autónomas y autoorganizadas. Aprendimos de los hackers y de la cultura libre. Reinventamos el feminismo. Descubríamos los barrios como lugares de implicación, Europa como problema, para nosotras como para las que desean llegar desde la miseria del mundo planificada por el capital.

En resumidas cuentas, el G20 reúne a los gobiernos de los países que mayor responsabilidad tienen en cuanto a la violencia patriarcal, cambio climático, la crisis energética y alimenticia, la especulación financiera y la proliferación del modelo neoliberal y por ende la crisis civilizatoria. Al mismo tiempo deja afuera a los países más afectados por las políticas de liberalización empujadas por este foro, y sólo pretende incluirlos a través de proyectos de inversión neocoloniales.

Si miramos a los países del G20, la falta de referencia a la democracia y los derechos humanos no debería sorprendernos. Todos los países miembros del G20 tienen un alto déficit en la defensa de los derechos humanos, los derechos de los pueblos y de la naturaleza. Una parte de ellos ni siquiera cuentan con regímenes democráticos que respeten las libertades básicas de las poblaciones. Ninguno de estos países está en condiciones de dar lecciones sobre el respeto a los derechos humanos, empezando por EEUU que mantiene una política permanente de guerra y saqueo económico alrededor del globo.

En Brasil, por tomar otro caso, gobierna el fascista Bolsonaro que llegó al poder tras un golpe institucional. A esto se suma el encarcelamiento ilegítimo del ex-presidente Lula da Silva y los cotidianos asesinatos de luchadoras sociales. En México, las elecciones presidenciales de 2012 fueron un fraude. En los últimos 10 años ha habido más de 32.000 desaparecidos y, en tan solo un año, un total de 23,101 homicidios entre enero y noviembre de 2017.

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